9 de octubre de 2025. Narvik. Svolvaer
Ese día me levanté temprano, me vestí y me fui a dar un paseo porque me podía el ansia. Y cuánto lo disfruté. Ese amanecer dorado y rosado, las montañas a lo lejos, ese frío que me helaba la nariz y las manos —lo único que tenía al descubierto— y esa felicidad plena que era como un segundo corazón.
Recuerdo que en el hotel hacía calor y que salí de la habitación solo con la camiseta térmica, porque a ver quién tenía narices de ponerse el suéter con esa temperatura —qué exagerados son con la calefacción, por Dios—. Mirad si hacía calorazo en las casas que llevaba un pijama de invierno y terminé durmiendo en paños menores, o, lo que es lo mismo, en braguitas 🤭. Así que, si vais, haced caso a las indicaciones de la agencia y, para dormir, un pijama finito o de verano, nada de felpas o polares, si no queréis que os dé algo.
¿Os dais cuenta de que me voy muchísimo por las ramas? Os estaba contando que salí de la habitación solo con la térmica. Venga, pues retomo.
En la entrada del hotel me puse el suéter y la chaqueta y, en el porche, ya me encasqueté el gorro de lana a toda prisa, porque menudo frío, oye. Y, entonces, me giré y ahí estaba Isa, frente a la ventana, desayunando. Nos sonreímos y con gestos le dije que me iba a dar una vuelta.
Isa es muy maja, de ese tipo de persona con la que te sientes bien de inmediato… y además me recordaba un montón a mi correctora: la forma de hablar, el acento, incluso su risa. Hablar con Isa era como hablar con Mireia. 😍
Debo decir aquí que recuerdo que el día anterior, nuestro primer avión, el que iba a Oslo, sufrió un retraso de unas tres horas —casi nada— y que me agobié un montón, porque lo teníamos muy justo para coger el otro. Y allí, en el Starbucks, Mery, Cristina, Paula y yo decidimos vivirlo todo como un regalo. Si perdíamos el siguiente avión iba a ser un regalo. Y si llegábamos a tiempo, otro.
Y ese pensamiento me acompañó durante todo el viaje. ❤️
El caso es que di mi paseo, subí unos cuantos stories y después me fui a desayunar. Allí ya estaban mis chicas de oro y, tras charlar un ratito con ellas, fui a sentarme con Lucía, Iris, Rocío y Paula. Y esto es lo que hizo especial esta aventura, que me daba igual con quién estar porque estaba a gusto con todas, sin excepción, y eso que apenas nos conocíamos todavía.
Tras el desayuno, cogimos las maletas, las cargamos en la furgo (bueno, mejor dicho, las cargaron nuestros chicos, Pau y Nico 😂😂😂) y nos fuimos a ver los renos. Llovía, hacía frío, pero no importaba, porque eso también era un regalo. Recuerdo que me senté delante, al lado de Pau; diría que lo hice un poco por obligación (no te enfades), porque todas las demás se habían sentado en la parte posterior y lo íbamos a dejar de nuevo de chófer.
Y lo que fue «un poco por obligación» terminó siendo otro regalo, porque en este viaje te comes muchos kilómetros mientras recorres las islas y, poder ver esos paisajes de frente, con los colores estallándote en la cara, es un alucine: los abedules amarillos, de un tono intenso y brillante; los pinos verdes, creciendo apretados a su lado; el rojo, que, de repente, lo salpicaba todo; el musgo verde esmeralda, las rocas negras y el agua que nos acompañaba todo el tiempo y que nunca sabía si era lago o mar; la carretera desierta, en la que de pronto te encontrabas con tres ovejas, en fila; las vacas marinas pastando y las risas que llegaron con ellas… y luego la playlist de Pau, de la que me llevo unas cuantas canciones, entre ellas «Good luck, babe», que sigo escuchando en bucle.
Y ahora una pequeña confesión: luego me sentía hasta culpable por estar en el mejor sitio de la furgoneta y, cada vez que os preguntaba si queríais sentaros delante, lo hacía con la boca pequeña y rezando para que me dijerais que no porque no quería cederos mi sitio. 😂😂😂
Llegamos a la granja de renos y mi vena feminista estuvo a punto de explotarme cuando Laila, la mujer sami que nos recibió, nos contó que todos sus renos pasarían a su hijo, y no a su hija, por tradición. Ya sabéis, como cuando antes heredaba el hombre, pues igual. Es más, aunque la hija tenía su propio rebaño, no podía irle mejor que a su hermano. Sigo bufando mucho con esto.
Vaya por delante que entiendo que tengan su cultura y su forma de ver la vida, pero, si la sociedad hubiera mantenido ese pensamiento, ¿qué sería de nosotras? Seguiríamos yendo dos pasos por detrás de los hombres: calladas, sin voz ni voto y sin derecho a réplica. Además, me juego el cuello a que esas tradiciones no fueron idea de ninguna mujer. Con esto bufo también, porque cuántas injusticias hemos sufrido a lo largo de la historia. Y las seguimos sufriendo hoy en día. Y aquí lo dejo porque no quiero desviarme del relato.
Quise ir a esa granja porque estoy escribiendo una novela sobre los samis, pero de allí me llevé muy poquito, porque yo buscaba emoción, raíces, costumbres y dolor por lo vivido y no encontré nada de eso.
Y tengo clarísimo que soy yo y mis expectativas, que siempre están por las nubes, pero, cuando has leído tanto sobre los desplazamientos forzados y sobre lo que eso significó para ellos, esperas encontrar en la visita y su relato algo respecto a eso… Entiendo que se guarden «lo suyo» para ellos, lo íntimo, lo que a nadie le pertenece, pero, cuando tu pueblo ha vivido algo así, no puedes pasar de largo y hacer como si no hubiera sucedido. Porque ha sucedido. Y hay que contarlo. O al menos yo lo contaría. Y me indignaría también.
Haciendo esto a un lado, y si me centro en lo turístico, supongo que esa visita vale la pena, porque, además, ver los renos fue una experiencia flipante: poder tocarlos, darles de comer… me encantó. Supongo que una cosa por la otra.
Un detalle más: tenía un montón de preguntas que hacerle, pero, cuando esa señora me miraba, me daba la sensación de que husmeaba en mi interior, como si pudiera ver lo que estaba pensando y, además, juzgarlo, cuando lo que rondaba por mi cabeza no le hubiera gustado, porque yo sí que la estaba juzgando, no como persona, pero sí como mujer. Mal por mí, porque no soy quién para juzgar a nadie. Solo que, a veces, no puedo evitarlo.
Ese día nos llovió, salió el sol mientras seguía lloviendo y, por suerte, paró cuando salimos a ver los renos. Y creo que después volvió a llover. Y es una pena porque, cuando en esas islas sale el sol, los colores deslumbran y el paisaje parece otro, pero es lo que hay y tienes que saberlo de antemano si decides ir.
Lucía, Iris y yo, cuando llegamos a la casita de Svolvaer donde íbamos a alojarnos, hicimos un ritual para que dejara de llover y poder ver las auroras, pero nuestro gozo en un pozo. Eso sí, nos reímos muchísimo y con eso me quedo.
Tengo que decir que Lucía es muy mona; calladita pero con un punto muy gracioso. No veas cómo coge el cuchillo, la tía. Lo que nos reímos y lo que sigo riéndome cada vez que me acuerdo (tenéis el vídeo del ritual en mis destacados, en «Viaje literario»).
Al final, de eso se trata: de reírte a carcajadas, aunque esté lloviendo y no puedas ver las auroras; de disfrutar del momento, y de seguir viviéndolo todo como un regalo. Nosotras lo hicimos y, si nos hubieras visto por un agujerito, hubieras pensado que ya habíamos viajado juntas, cuando esa era nuestra segunda noche. Por eso la experiencia fue tan guay y por eso tengo este pedazo de resacón emocional. Y no es broma. Sigo en modo trauma, semanas después de haber vuelto.
Con mis chicas y con Pau, de la agencia de viajes Fiordo Polar ⬇️😍

Lo de las ovejas no era broma…😂

No os hacéis una idea de lo mucho que tuve que frenarme para no pedirle a Pau que detuviera la furgoneta cada cinco minutos para sacar una foto. Creo que esta la hice sin parar: bajé la ventanilla y listo. Por eso estaba en el mejor sitio. 😉😍

En la granja de renos.





Poder vivirlo con mi hija fue tan bonito….😍

Una cuna tradicional sami. Este tipo de cuna se usaba cuando tenían que desplazarse con los renos.

Luego fuimos a comer aquí. ⬇️

Preparando la cena en la casita donde nos alojábamos. Estábamos en tres casas, porque no cabíamos todas en una, pero eso era lo de menos, porque siempre estábamos juntas. 😍

El ritual nos funcionó a medias porque, aunque dejó de llover (solo un ratito 😂), no vimos ni una aurora. 😂

Y, como soy muy pesadita, voy a incluir el logo de mis chicos cada día. Porque, si tengo este pedazo de resacón emocional, en parte es gracias a ellos. Si os planteáis ir a las Lofoten, ni lo dudéis: Siempre con Fiordo Polar. 💚
Tienen la agencia en Morella, pero podéis contactar con ellos online. Os paso el enlace a su web. Ahí tenéis un montón de información. ⬇️

Y hasta aquí el día de hoy….espero que os haya gustado. 🥰