Lofoten BaseCamp. Uttakleiv. Unstad

11 de octubre de 2025.

Menuda pasada las vistas que teníamos desde nuestra casita. Casi lloré viendo el amanecer. De hecho, casi estoy llorando mientras lo escribo, porque encima tengo el móvil al lado y voy viendo las stories que subí para no olvidarme de nada y es como «uffff». Os prometo que nunca voy a superar este viaje y que siempre voy a recordarlo con la garganta apretada y los ojos llenos de lágrimas.

Ese día fuimos a Uttakleiv, la playa de los enamorados. Por suerte, en ese momento no llovió y pudimos disfrutar de esas vistas de alucine: las rocas negras y enormes, amontonadas en la orilla; el azul del cielo; las nubes blancas, grises y, también, amenazantes; la piedra con forma de corazón que hay colocada sobre una roca; el verde de la hierba y el plateado de la arena; un caldero enorme, donde supongo que harán fogatas; las montañas imponentes rodeándonos, y otro corazón, hecho con piedras, sobre la hierba… Aquí también me hubiera quedado un rato, mucho, en realidad, pero, en cambio, tomamos un sendero costero, conocido como Oldveien (camino viejo) y que rodea el monte Veggen. Menudos paisajes, amigas. 😍

Soy escritora, se supone que tengo palabras más que de sobra, pero en estos momentos siento que me faltan ante lo que vi: esa pequeña playa, casi a mitad del trayecto; el agua de color azul turquesa y la arena blanca; las rocas de nuevo apiladas en la orilla; la hierba creciendo entre ellas; las montañas emergiendo del mar, casi por todas partes; esa cortina de lluvia que vimos frente a una, y luego el silencio, porque aquí sí que me alejé del grupo e hice la mitad del trayecto sumida en él.

Solo en ese momento pude escuchar la voz de mi chica y sentir lo que siente ella. Y fue tan bonito y emocionante que sigo emocionándome mientras os cuento esto. 🥹

Quiero matizar una cosa.

Que yo haya echado de menos estar callada no significa que no haya disfrutado de vuestra compañía y de cada minuto que he pasado a vuestro lado. A decir verdad, este es uno de los mejores viajes de mi vida. Es más, estos días me estoy dando cuenta de que sí que conecté con el lugar, solo que esa conexión me pasó desapercibida, silenciada por el sonido de mi voz. 

Y otra cosa.

Si yo hubiera ido por libre, me hubiera quedado en Uttakleiv media hora, quizá una hora, que era lo que me apetecía, pero no hubiera hecho ese trayecto increíble; de hecho, no lo hice la primera vez que fui a las islas porque ni siquiera vi ese sendero. ¡Y lo que me perdí! Lo genial de ir con nuestros chicos es que todo resulta muy fácil, así que, cuando llegamos a Haukland, la otra playa —digamos que vas de una playa a la otra a través de ese camino—, allí los teníamos a los dos esperando con las furgonetas.

Por cierto, antes os he dicho que había nubes, ¿verdad? La que nos cayó a mitad y al final del trayecto. Por suerte la primera vez paró a los pocos minutos, pero la segunda vez descargó con ganas y yo dejé de ver el paisaje que me rodeaba para convertirme en una mula que solo mira al frente. Mi objetivo era llegar cuanto antes. Punto. Ni playas ni leches. Maldita lluvia. 😂

Y esto también es algo que tienes que saber si vas hasta ese archipiélago. Lleva ropa impermeable, la ropa interior si puede ser también 🤣 (obvio que esto es broma), pero no te molestes en llevar paraguas, porque allí te subes la capucha y sigues.

Y por fin fuimos a la cafetería de mi chica, donde me comí un rollito espectacular. El mejor de las islas. Qué bueno estaba, Señor. Aquí también me hubiera quedado una hora, o dos, o tres, con el portátil. Porque aquí estaban Emma, Kristel, Silje y Loki. Os juro que me fui con todo el dolor de mi corazón. 

Yo quiero vivir allí, en esas islas. Y no es coña. De hecho, creo que en otra vida debí hacerlo, porque no es normal mi nivel de obsesión con ese lugar. Es más, soy como una acosadora —suerte que IG no me ha pillado todavía— porque sigo a un montón de gente que vive en las Lofoten y les hago polvo la cuenta. Y me muero de envidia, eso también.

Retomo, que me pierdo.

Os estaba diciendo que fuimos a la cafetería de Silje, de la que yo sería una clienta fiel si viviera allí —qué pesada soy, ya lo sé— y luego fuimos a la playa de Unstad y vimos más paisajes de ensueño. Juro solemnemente que en uno de los miradores casi lloré, porque, de verdad, es que todo es taaan bonito —sobre todo cuando deja de llover 🤣—. Mires donde mires, no importa: esa luz brillante, dorada y luminosa; las playas, tan solitarias y distintas a las nuestras; las montañas con sus cumbres puntiagudas; las casitas de madera esparcidas por todas partes; los colores del otoño, que aquí no ves ni por asomo; el agua que parece meterse por todas partes…😍

Y por fin las auroras. 

Os juro que estaba superagobiada con esto, porque no dejaba de llover y no había forma. Era como «No me fastidies que voy a venir dos veces y no voy a ver ninguna».

Pau no dejaba de repetirnos que tenía todas sus esperanzas puestas en el sábado. Un día, solo un día, en toda una semana. Qué agobio, en serio. Pero agobio malo, porque vale que todo era un regalo y todo lo que tú quieras, pero hubiera sido una m**rd* no verlas, para qué engañarnos. Porque, además, la semana anterior, esas cuentas de IG que martirizo a diario no dejaron de subir noches llenas de auroras. 

Pues eso, que menuda p*t*d* hubiera sido si no llegan a aparecer.

Es evidente que nosotras nos moríamos por verlas, pero creo que Pau era el que tenía más ganas de que lo hiciéramos… para que nos calláramos por fin, porque debió de perder la cuenta de las veces que lo acribillamos con lo mismo. «Pau, ¿podremos ver las auroras?», «Pau, ¿tú crees que podremos ver las auroras?», «Pau, es que mi gran ilusión es ver las auroras, siempre he soñado eso, dime que podremos verlas»…

Qué pesadas fuimos y menuda presión le metimos al pobre chico. 😂😂😂

A lo que iba. 

Era sábado y era el día de las esperanzas, o más bien la noche, y allá que fuimos en busca de la dama verde. «Mejor vamos más al norte; no, mejor más al sur. ¿Y si vamos a la playa?».

Y llovía, amigas, llovía y llovía y no se vía ni una puñetera estrella… Pero todo es como decidas vivirlo y nosotras íbamos con actitud y con muchas esperanzas, a pesar del tiempo que nos hacía y que nos obligó a meternos en la furgoneta, donde jugamos a un juego de detectives que nos tuvo un rato distraídas, que creo que era el objetivo. 🤣

Por fortuna paró de llover y fuimos en busca de ese claro por donde las veríamos. Tengo la imagen de Pau conduciendo, sacando la cabeza por la ventanilla y mirando al cielo grabada a fuego en mi retina. Y cuando paró en seco en mitad de la carretera y nos dijo: «¡Bajad de la furgo!», prácticamente nos abalanzamos hacia la puerta en plan suicida. Suerte que no había ningún precipicio porque nos hubiéramos matado, fijo. 

Y eso luego se repitió un montón de veces. Porque, cada vez que detenía el coche y nos soltaba lo de «¡Bajad de la furgo!», nos convertíamos en unas suicidas, móvil en mano. Vamos, que, si existiera un simulacro de salir de un coche a toda leche, nos hacíamos con el récord total y absoluto.🤣

Y las vimos, primero como una nube blanca y luego como un hilito verde que fue creciendo y creciendo y abriendo sus brazos al cielo. Recuerdo el color del borde, blanco, rosado… y se movía, como si bailara frente a nosotras. Tan mágico, tan brutal, tan emocionante. ¿Cómo puede alguien acostumbrarse a eso? Aunque te hayas pasado la vida viéndolas no puedes normalizar eso de mirar al cielo y ver ese baile verde. 

¿Entiendes que quiera vivir allí y que ahora esté llorando? Es que fue tan bonito y hacía tanto frío… 😂😂😂

Esa noche dejé de sentir esa presión en el pecho y creo que nuestros chicos también, porque por fin íbamos a dejar de darles la tabarra. Santa paciencia que tuvieron, los dos, porque, aunque he nombrado más a Pau —porque yo iba en su furgoneta—, Nico tampoco se libró.

Qué maravilla, amigas. Qué bonito lo que vivimos esa noche. Y qué feliz fui. 🥰

Como siempre, os subo unas cuantas fotos, pero recordad, que en mi Instagram, tenéis un montón.

Si no llueve, los amaneceres en las islas son otro nivel. Las vistas desde nuestra casita. ⬇️🥹

Aprovechando que todavía era pronto, fuimos a dar un paseo antes de que Pau y Nico vinieran a recogernos. Estaba soleado, se nubló, llovió, empezó a soplar con fuerza, amainó y volvió a salir el sol. Todo esto en cuestión de cinco minutos. Menudo cambio de humor, oye. 😂

Los colores de las islas. 😍

Nuestras casitas ⬇️. Gracias por la foto, Mery. 😍

La luz, a pesar de las nubes. 😍

Uttakleiv ❤️


Y este camino….aquí fue donde me alejé un poquito del grupo y mi chica me contó cómo se sentía.🥹

La playita que encontramos a mitad del trayecto.

Y la lluvia regresó y yo me convertí en una mula que solo mira al frente. 🤣

La cafetería de mi chica, donde me hubiera quedado horas.

No teníamos frío. 😂🥶

¡Qué bueno estaba!

Creo que han ampliado la cafetería, porque la recordaba diferente… aunque también es cierto que, en mi cabeza, el DIGG estaba justo delante y, en realidad, está bastante alejado. Es como cuando te crees tus propias mentiras; pues algo así. 😂😂😂

De todas formas, le hice un montón de fotos. Las camareras debieron flipar, seguro. 🤣

Luego fuimos a la playa de Unstad y, de camino, nos encontramos con paisajes como estos. 🥹

Con mi chica preciosa 😍. Nos quitamos la chaqueta solo para la foto, no porque tuviéramos calor, que para nada. Postureo puro y duro. 🤣

Y esta playa….en realidad todas las playas. Unstad😍


Y luego comimos aquí y hablamos de libros, entre otras cosas. 🥰

La playlist de Pau, a la que le iba haciendo fotos 🤣. Puede que pienses que esto no es importante, pero me llevo muchas canciones de este viaje; esta es una de ellas.

Iba sentada en el mejor sitio, sin duda. Vi este sendero y le pedí a Pau que parara, porque necesitaba verlo más de cerca. Después, he regresado muchas veces con Kristel y con Loki…solo que de una forma distinta. Ya lo entenderéis. 🥰

¡Y, por fin, las auroras! ¡Por fin! ¡Por fin! ¡Por fin! Sigo llorando con esto. 🥹

¡Qué felices fuimos! 🥹😍

Gracias, chicos, por no rendiros. Fue tan, tan bonito. 😍

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